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sábado, 13 de junio de 2009

“POR UN GOBIERNO SOCIALISTA EN MADRID 2011”

En el siguiente link puedes visualizar el texto integro del Documento para el debate:

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jueves, 7 de febrero de 2008

LA "POLÍTICA" DE INMIGRACIÓN DEL PARTIDO POPULAR

"Creatividad y socialismo, ante las polémicas propuestas del Partido Popular en materia de inmigración para las próximas Elecciones Generales, publica los comunicados de prensa de las Asociaciones AESCO y RUMIÑAHUI".






miércoles, 23 de enero de 2008

MERCADO Y ESCUELA PÚBLICA




Por CÉSAR GINER PARREÑO




El prestigioso sociólogo británico Anthony Guiddens propone en un reciente trabajo que los sistemas educativos fomenten la elección de los padres y la competencia entre escuelas. La prestación del servicio público de educación se somete a las reglas del libre mercado. Dicen estas reglas que si los padres pueden elegir la escuela de sus hijos los fondos públicos, naturalmente, han de seguir a esa elección. Entonces las escuelas competirán por la captación de los clientes, que son nuestros hijos, y ganarán las mejores, mientras que perderán las peores. De esta manera, habrá poderosos incentivos para subir la calidad de la educación impartida en las escuelas, se mejorará la relación de los padres con la administración educativa en términos de calidad del servicio, y el sistema educativo ganará en innovación y eficiencia.

La extrapolación de estas ideas al sistema educativo español es un colosal disparate. Los colegios públicos son excelentes, cuentan con los mejores profesionales, pero hay que corregir algunos problemas para que compitan todavía mejor con sus rivales, que son los colegios concertados y los colegios privados. En otras palabras, la competencia en el “mercado de la educación” no sería real: tendríamos a unos agentes, los colegios públicos, que no contarían con las mismas armas que sus competidores: ¡Menuda competencia! Además, la prestación del servicio público de educación a través de los principios de elección y libre competencia puede ser injusta, pues, pensemos con seriedad: ¿quién elegirá y quién será elegido? Veamos estas ideas con algún detalle tomando el ejemplo de la Comunidad de Madrid, donde las políticas de educación del gobierno regional asfixian a la educación pública madrileña.

En efecto, se ha roto el equilibrio entre los tres formatos de enseñanza: la escuela pública, la concertada y la privada. Las causas de la pérdida de equilibrio hay que buscarlas en la falta de políticas para incrementar la competitividad de la escuela pública, y en la ausencia de equidad que contagia a todo el sistema educativo. Vayamos por partes. La escuela pública no puede ser más competitiva si se aplican políticas regresivas respecto al gasto educativo y a las inversiones. No aburriré con números y tantos por cientos, pues basta mirar el Presupuesto de la Comunidad para apreciar el comportamiento tacaño del Gobierno en el gasto público por alumno. Hay un claro déficit de plazas escolares y tenemos que aumentar las infraestructuras públicas. Podemos preguntar sobre esto, principalmente, a los padres que desean llevar a sus hijos a una escuela infantil, que se encuentran con el cartel “está completo” ¡Y cómo están a veces algunos centros públicos!: o los cuidamos o se nos caen, entiéndase la exageración en sus justos términos. Y que decir del malestar del profesorado, y de las plantillas, y de la imperiosa necesidad de promover el reconocimiento profesional de quienes realizan una de las tareas más nobles en nuestra región: contribuir a la educación de los niños.

Los problemas de la educación madrileña sobre rendimiento académico y coste de la educación afectan a la equidad del sistema. La educación que recibe un niño debe ser independiente de la renta de sus padres y de su clase social. Sin embargo, el mapa regional del fracaso escolar perjudica a las zonas este y sur, y principalmente a los centros públicos. La enseñanza tiene un elevado coste para las familias, no es completamente gratuita, ni tan siquiera la pública. La integración del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo es deficiente, hay segregación, y son los centros públicos los que mayoritariamente acogen a este alumnado. Es comprensible que algunos padres salgan corriendo de la red pública y lleven a sus hijos a los centros concertados. El PSOE siempre mantuvo una cooperación leal con la enseñanza privada concertada: ¡la inventó! Y los colegios concertados reciben dinero público. Por ello la enseñanza privada concertada tiene que asumir su responsabilidad con la sociedad y con todos los niños, especialmente si necesitan apoyo educativo. Además es necesario garantizar los principios fundamentales de tolerancia y pluralismo ideológico (art. 1 CE) de los conciertos educativos, también por razón de su financiación pública. Esto exige controlar que no aparezcan posiciones dominantes ideológicas en los conciertos, y a proceder a su apertura ideológica si aparecen.

Y al final… ¿quién elige a quién? La prestación del servicio público de educación a través de la elección y la libre competencia plantea otras objeciones serias. Así, si hay escuelas muy demandadas por los padres son ellas las que eligen, y no los padres, pues establecen mecanismos de selección. La consecuencia inmediata es la segregación o la polarización: las escuelas más “populares” elegirán a los alumnos más capaces o, presumiblemente, a los que vienen de familias con más recursos económicos.

Estoy convencido de que nuestros hijos son el recurso estratégico más importante de este siglo. Una política de educación que apueste decididamente por la calidad, la competitividad y la equidad de la Escuela Pública es la máxima garantía y expresión del principio de igualdad de oportunidades, del bienestar social, del crecimiento económico y del desarrollo de la libertad. Tenemos un patrimonio público e histórico en educación que debemos cuidar y potenciar como una exigencia de responsabilidad con las generaciones futuras. No les fallemos.


Cesar Giner Parreño
Profesor Titular. Universidad Carlos III de Madrid
Diputado PSM en la Asamblea de Madrid
Comentarios: cginer@asambleamadrid.es

Fuente de Procedencia del artículo: Sección de Tribuna, Suplemento Campus del diario “El Mundo”, miércoles 23 de enero de 2008

jueves, 15 de noviembre de 2007

El poder decisorio de la ‘izquierda volátil’

Los votantes centristas no son los fundamentales para lograr el triunfo electoral en España, sino aquellos que oscilan entre el PSOE, IU o la abstención. El PP puede ganar, pero lo tiene ‘a priori’ cuesta arriba
Por CÉSAR MOLINAS


La creencia de que las elecciones generales en España son decididas por los votantes centristas es incorrecta. La evidencia empírica muestra que estos votantes, definidos como aquéllos cuyo voto oscila entre el PSOE y el PP, tienen escasa relevancia. Los votos decisivos son los de la izquierda volátil, aquellos que oscilan entre el PSOE, IU y la abstención. Esto equivale a decir —y sé que la equivalencia no es obvia— que en las elecciones generales el PP siempre juega en campo contrario: las puede ganar, pero lo tiene a priori cuesta arriba. En este artículo me propongo mostrar que estas afirmaciones y equivalencias están respaldadas por los datos electorales y, también, extraer algunas consecuencias que me parecen interesantes.

En primer lugar, analizaré los resultados de las elecciones generales desde 1982 con el objetivo de cuantificar el voto centrista y el de la izquierda volátil. En segundo lugar, y aunque este artículo trate de elecciones generales, recogeré algunas enseñanzas de las elecciones locales del 27 de mayo pasado. En tercer lugar, me detendré en la relación que existe entre el voto al PSOE, por una parte, y la abstención y el voto a IU por la otra. En cuarto lugar, discutiré hasta qué punto un incremento notable de la abstención en Cataluña puede hacer perder al PSOE las elecciones de 2008. Por último, haré observaciones sobre las estrategias de los dos grandes partidos estatales.

Con una única excepción: en el último cuarto de siglo, España ha votado mayoritariamente izquierda. Desde 1982 ha habido siete elecciones generales. En seis de ellas la izquierda (PSOE, IU y sus antecesores) obtuvo entre un mínimo de 2,3 y un máximo de 3,5 millones de votos más que la derecha (PP, aliados regionales y sus antecesores). Sólo en las elecciones de 2000, que tuvieron la tasa de participación más baja de la actual etapa democrática (69%), la derecha superó en votos a la izquierda: la diferencia fue de 1 millón de votos. En 2000 la izquierda perdió 2,7 millones de votos respecto a 1996, de los cuales 2 millones fueron a incrementar la abstención. Esos 2,7 millones de votos los volvió a ganar en 2004. La derecha ganó 0,6 millones de votos, alcanzando su máximo histórico de 10,3 millones, pero los volvió a perder en 2004. Me parece razonable utilizar estas cifras para cuantificar los colectivos que antes he denominado votantes centristas e izquierda volátil. Los primeros pueden estimarse en 0,6 millones, que son los votos que ganó la derecha en 2000 tras una etapa de gobierno en minoría del PP en la que hizo gala de moderación y de buena administración. Esta cifra coincide con los votos perdidos en 2004 tras una etapa de mayoría absoluta en la que la arrogancia sustituyó a la moderación y en la que se tomaron decisiones, como la guerra de Irak, alejadas del sentir de muchos ciudadanos. Cabe señalar que esos 0,6 millones de votos no decidieron las elecciones de 2000: el PP hubiese seguido gobernando aunque no los hubiese obtenido. Lo decisivo fue el desplome de la izquierda por la huida del voto volátil. Esta izquierda volátil puede estimarse en unos 2 millones de electores: los que votaron a la izquierda en 1996, se abstuvieron en 2000 y volvieron a votarla en 2004.

Las elecciones locales de mayo de 2007 ilustran bien que el voto de la izquierda volátil es decisivo en España no sólo en las elecciones generales, sino también en elecciones de otro tipo. En el conjunto de España, y relativo a las elecciones locales de 2003, el PSOE perdió 240.000 votos, pero el PP sólo ganó 38.000. La aplastante victoria del PP en el municipio de Madrid resultó de una pérdida de 139.000 votos para el PSOE y de una ganancia de tan sólo 709 (sí, setecientos nueve) para el PP. La izquierda volátil volvió a decidir, esta vez a nivel local. No hay trazos de un trasvase significativo de votos del PSOE al PP. Además, el carácter decisorio del voto de la izquierda volátil no es un rasgo exclusivo de la actual etapa democrática. En las elecciones de 1933, la izquierda volátil —entonces el anarquismo— se abstuvo. Y ganó la derecha. En 1936, los anarquistas fueron a las urnas y los votos se incrementaron en más de 1 millón. Ganó la izquierda. No tengo ni conozco ninguna explicación convincente de por qué en España la izquierda volátil tiene este carácter decisorio, que no ha menguado ni tan siquiera con la aparición de una numerosa clase media en la segunda mitad del siglo XX. Sea cual sea la explicación, en esto los españoles somos atípicos. En la mayoría de los países de nuestro entorno la alternancia en el poder la deciden los votantes de centro, que votan ora a la izquierda ora a la derecha. Aquí, por algún motivo, somos diferentes.

Paso ahora a desarrollar el tercer punto de mi argumentación. Si bien, según mis definiciones, derecha y PP son casi sinónimos, izquierda y PSOE no lo son. En 1996 la izquierda obtuvo 12,06 millones de votos y la derecha 9,76 millones. En 2004 se repitieron las cifras: la izquierda obtuvo 12,06 millones de votos y la derecha 9,72 millones. En el primer caso ganó las elecciones el PP y en el segundo el PSOE. La diferencia la marcó el resultado de IU, que obtuvo un 11% de los votos totales en 1996, su máximo histórico, tras la memorable pinza Aznar-Anguita, y solamente un 4% del total en 2004. Un análisis estadístico de los datos electorales utilizando modelos sencillos de regresión, que cualquiera puede replicar descargando los datos del Ministerio del Interior en una hoja de cálculo, ofrece
los siguientes resultados:

1. Existe una relación estadística muy significativa entre el porcentaje de votos totales válidos que obtiene el PSOE, por una parte, y el porcentaje de participación en las elecciones y el porcentaje de voto a IU, por la otra parte; un aumento de la participación electoral de un 1% causa un aumento del porcentaje de voto al PSOE del 0,6%, mientras que un aumento del porcentaje de voto a IU del 1% causa una disminución del porcentaje del voto al PSOE del 1%.

2. No existe ninguna relación estadística significativa entre el porcentaje de votos totales válidos que obtiene el PP y el porcentaje de participación en las elecciones. En román paladino, estos resultados quieren decir lo siguiente: con una participación lo suficientemente alta y con un voto a IU lo suficientemente bajo, el PSOE siempre ganará unas elecciones generales, haga lo que haga el PP. Esta “ley de hierro” fundamenta las afirmaciones y la equivalencia enunciadas en el primer párrafo de este artículo.

Con los parámetros mencionados en el párrafo anterior se puede construir una tabla de doble entrada para estimar el porcentaje del voto total al PSOE en función de la participación electoral y del porcentaje de voto a IU. Esta tabla, que, insisto, todo el mundo puede construirse, muestra que es improbable que el PSOE gane las elecciones de 2008 si el voto a IU se mantiene en el 4% y la participación cae por debajo del 71% (en 2004 fue el 76%). Si el voto a IU subiese al 6%, el PSOE necesitaría una participación del 74% o superior para ganar. Si bien una participación superior al 71% parece probable, una participación del 74% (coincidente con la media histórica) parece más
difícil de conseguir. Este mismo tipo de tabla puede utilizarse para evaluar los efectos que tendría un gran aumento de la abstención en Cataluña, como resultado de la sensación de desgobierno que podrían tener los votantes de esa comunidad. Si la participación catalana cayese hasta el 64%, el mínimo histórico alcanzado en 2000, el PSC podría perder 3 o 4 escaños y entonces el PSOE necesitaría una participación mínima del 73% en el resto de España para seguir gobernando, algo que me parece complicado pero no imposible. No pueden descartarse participaciones inferiores al 64% en Cataluña. En este caso, el PSOE lo tendría muy difícil para ganar en 2008.

Para concluir, quiero recalcar que la metodología agregada y “de arriba abajo” usada en este artículo ignora aspectos tan importantes del proceso electoral como la Ley d’Hondt o la incorporación al censo de nuevas cohortes. Sin embargo, considero que es la mejor para obtener una visión de conjunto de la problemática electoral, que muchas veces se pierde en el análisis desagregado por circunscripciones. La izquierda volátil es un conjunto heterogéneo con pocos denominadores comunes, todos ellos negativos. Es común su rechazo frontal al PP y a todo lo que representa la derecha. Es común también su desdén hacia el PSOE, al que votan tapándose la nariz cuando le votan. Por lo razonado hasta aquí, el objetivo principal de una campaña electoral, de cualquier campaña electoral, en España debe ser para el PP que no vayan a votar los que le detestan y para el PSOE que acudan a las urnas los que le desprecian. ¿Son consistentes sus estrategias electorales con estos principios?

César Molinas es socio fundador de la consultora Multa Paucis.
Fuente de Procedencia del artículo: Sección de Opinión del diario “El País”, domingo 11 de noviembre de 2007